El abrigo tejido de estrellas caídas cubre el frío de su alma y los guantes aún protegen sus manos de miedosa carne, que de sus muñecas yacen rotas y maltratadas por el verde billete y el negro asfalto.Su camino es transparente y sus ropas color sangre, el cabello saluda a sus caderas y el cigarrillo a su boca. El miedo la mueve entre los cuerpos muertos que se acompañan como un rito entre las frías tinieblas. La esquina es su escenario, el carro su oficina y su casa una utopía que se alcanza a media noche. Después del sí, llega la calma, mientras el dinero cubre su abdomen enajenado y una boca desconocida rodea su cuerpo en llamas, porque es más lo que entre muertos calla que lo que entre lágrimas reclama. Sus carnes actúan... Su mente, fluctúa, entre mil empaques distintos, mil esencias iguales y un estomago que grita ante las cicatrices del hambre. Siempre tiene dos hijos y un corazón compartido, entre los mil que han llegado y los mil que llegaran, porque sea odio o sea amor, contaminan al corazón con palabras al viento vacías y caricias de piel temblorosa. Sonríe falsamente, y su mirada de poseída se corre forzosa hacia el techo color cielo mientras su cara fantasea con el fin de la noche y el caer de las estrellas sobre el derroche de los cuerpos.
La oscuridad se extingue, se acaban los pesares, con sus adentros agonizando entre lagunas mentales y mares desconocidos de pensamientos solitarios. Pero al final viajarán siempre a la normalidad de sus acciones, entre empaques tan vacíos como su alma retorcida, que le llaman la bandida del corazón valiente, mientras sus ojos solo se retuercen entre sus penas de alelí y los monstruos de la noche amenazados por la muerte.
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