Cómo cae la torre desde el más elevado pico
y sus ladrillos de hielo entremezclados con las ruinas
nacidas del frío intenso de tu atrapada mente,
en el confort de la muerte, en el devenir a cero del tiempo,
mientras susurraba el reloj cada segundo en tus oídos,
mientras caías por tu batiente en el invierno cristalino.
Lloraste entonces como un niño,
atrapado entre morros de cálido pasado,
como un ser terrenal nacido de un vientre,
criado en el fuego y bañado de la suerte;
que te derrite y destroza...
como tornado en medio del océano
rodeando a tu vida arponeada en banalidad.
Te resquebrajas entre lágrimas como tu torre cristalina
con tus manos entrecruzadas, elevadas como copa,
aguardando por el milagro tan visible como las brisas
que cubren tu futuro con la maldición de la desdicha
que va y viene, como granos de arena en el reloj de la muerte
que te dejan sin migajas en el paraíso del todo.
Rendido a sus pies te entregas
sumiso ante la carencia del tiempo
ante los manchados escombros que algún día
cubrieron tu vida atrapada en los tormentos.