Muchas veces las sombras le cubren con sus capas de negro incierto, huyendo a la luz aquella que le deja al descubierto y expuesto a las pobres libertades de la vida. Las manos a veces se congelan entre el miedo y la angustia de un pasado que viaja en el tiempo y de un presente incierto, un compás entre gris y colorido, como el eclipse de mis ojos ausentes ante las caricias del sol cotidiano y una luna marchita, de un día cotidiano, con gente cotidiana que a su vida ha atrapado entre cuatro paredes y una placa en el pecho; parece que quieren escapar de los árboles y dejar de respirar, parece que sus oscuras miradas de negro mate y color perdido quisieran escabullirse a lo alto, a su mito del cielo, a la esperanza del pobre esclavo. Y a medida que avanzo, parece entonces que mis piernas se escabullen entre mareas de no quiero, terremotos de no puedo y volcanes que me tragan, me tragan sólo, sin compasión y me condenan. Muchas veces he creído en la libertad del ama, pero qué es alma más que solo la realidad que nos persigue.
¿Cuántas veces, entonces, huiré de los matices del caos?¿De la locura incierta?¿De la llama que siempre apago, pero que quema y deja rastros ante una vida que se esfuma?
¿Cuánto tiempo más para alcanzar la luz soñada, descongelar mis manos y liberar mi cuerpo y ojos presos en las miradas de transeúntes con almas ausentes?