La noche sosegada se entregaba a lo apacible,
con el viento murmurando en mis oídos
y la brisa tocando mi piel con sus sirenas enclaustradas.
La maravilla del amor tocó a la puerta esa noche,
su mirada visiblemente aturdidora,
la paz calurosa en un abrazo apacible
que escudriñó mi interior desde el fondo hasta lo más fondo.
Una puerta color coral deslumbraba tras dos focos,
mientras sus dedos uniéndose a mi pelvis
con la oscuridad me encaminaban,
nuestros miedos se enamoraron con aquella pálida luna,
y esas vidas tan inconclusas, cambiadas: brillante singular,
ahora tan completo y colorido, como el arcoíris hecho aura.
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