sintiendo el frío encuentro con los días navegantes,
tan lentos que nunca atracan, tan rápidos que no se sienten;
se sumergen como sueños perdidos en parpadeos,
se condenan al naufragio en profundos mares ajenos.
Me inclino hacia mi averno con estos ojos sangrientos,
muerto un día tercero en este infinito duelo,
con mis manos al aire rozando el firmamento,
cerrando las puertas de mis párpados flameantes.
Mis cuencas de colores son un mundo a blanco y negro.
Mi inexistencia apremia a la felicidad del diablo
para alimentar a gusto sus sonrisas ardientes,
manchando mi interior con el néctar de la muerte
y a mi piel inexistente en este mundo que no late;
en este cuerpo que no respira, no siente, no nace.
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