perdido, ante aquel lugar vasto e infinito,
colmado de recuerdos, pasiones, llantos,
sonrisas de fuego, de medio rostro,
de esas que solo nacen como el placer de la carne.
El karma olía más fuerte que los recuerdos,
las canciones aturdían lo que alguna vez no escuchó
y se tapizaban con clavos que reflejaban su mirada,
su rostro desdichado, acabado,
como una mariposa condenada a su capullo.
No hay salida a la vista en un lugar tan oscuro
en el cual rebotan los pálpitos entre paredes,
como frágiles gotas pereciendo sobre un mar muerto,
que ni las olas más grandes reviven,
ni el verano más fuerte les borra.
Y después de años luz, su cuerpo en llamas
vislumbro un claro entre los cantos de la noche...
Era la entrada a un abismo sin penas
al que enceguecido en cuerpo se entregó
y en alma para siempre se lamentó.
Era la entrada a un abismo sin penas
al que enceguecido en cuerpo se entregó
y en alma para siempre se lamentó.
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