Como si las nubes oxidadas
se unieran ante mis ojos ausentes
y formaran el brillo que algún día
quitaron las profundas sombras de su mirada,
con sus manos rechinando
por el roce pútrido de las profundas aguas,
que inundaban nuestro deseo de amor impertinente.
Le gustaba que jugara con sus palabras,
aquellas que rodaban y frotaban de sus ojos
como fuente que florece, o presa que se resquebraja,
ante el vacío inmenso de un amor que nunca llama
ante las llamas del deseo que nunca están en calma.
Miraba entonces yo, con mis cuencas perdidas,
hacia las constelaciones pintadas en el firmamento,
pero el diablo las leía, como leer su cuerpo,
muerto ante las brisas ácidas de un corazón errante
desechando su interior hacia el impertinente suelo
que seduce su mirada, se hunde en aguas calmas...
Su interior es una roca perdida en el desierto.
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