aquella luz en común entre las pieles
ilumina lo que nunca, une lo que tal vez
cuando sin nombre entre sudor clama
el querer ajeno por el placer del ego.
En la frontera encuentro mis manos,
entre el placer que a mis deseos corroe
y lo carnal perdido en su ganoso ser
que me conjura sobre cada palma...
sobre el finito encuentro de los dedos.
Y observo atento aquel espacio
estrellado entre el sol y la tierra,
donde hallo tus caras de tristeza,
colmando a mi cuerpo con el humor de la carne
que me diluye en sus caricias voladoras.
Porque lo que no fue en uno, es en dos
y de él nace la calma sin fin,
que me une a la falsedad y deseo de un cuerpo
más muerto que el mío, pero más vivo que el anterior.
Estoy en la dimensión donde mueren las pieles.
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