Comienzo a amar la noche empalagada de estrellas. Anoche soñé con nuestros corazones volando sobre una nube oscura, pero no importaban los sonidos del chubasco ensordeciendo mis entrañas. Fuimos tú y yo amarrados a las ganas de una vida invivible. Agradezco chocar con la agridulce realidad de nuestras manos entrecruzadas.
Eres la espada y la pared que me amarran a una vida enceguecida tras los delirios y los cuchillos atravesando mil sables esqueléticos. Ya no quiero al sol, ni siquiera a la matriz que me dio la luz de este camino oscuro y no inocuo. Pienso disparar a las flechas de cupido: básico, silencioso y normal cupido, que solo atraviesa la normalidad finita de mil amores básicos perdidos en las tinieblas.
Ya los lobos no aúllan, ahora lloran a los amores envidiosos de este amor tan inconcluso, amarrado en los senderos de la eternidad más pútrida, romántica y desconocida. escupiendo a la imperfección de una gentuza pesada. Ya no quiero mil amores imperfectos porque ahora tengo tu mano en lo irreal.
Eres oscuro, humano e inamovible. Lo más real en lo más podrido. Te amo de mil maneras extrañas; aquí, allá, en ningún lado y en toda parte.
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