Corrían los ríos, descalzos, turbios;
corría la noche llorando su nombre,
corría el viento halando la marea,
que cubría el telar de sus trapos.
Las nubes frenando en seco,
lloviendo a cántaros, miles, litros,
sobre la copa de aquel árbol testigo,
de las mojadas manos atadas al pastizal.
Arribó la luna envuelta en llamas,
ardiendo con el centro de su aura,
junto a la noche que nunca amaneció,
junto al beso hilado entre las ramas,
las promesas caídas de entre sus dedos,
y las canciones secuestradas por el viento;
la promesa que nunca se cumplió.
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